Y de repente un día, sorprendida, caes en la cuenta de que, sin saber muy bien cómo, se ha obrado un milagro.

Esos seres que salieron de ti, a los que has estado cuidando y, en muchos casos, pensando y haciendo por ellos, de repente son personas completas, autónomas ¡y percibes el milagro! Y te conmueves porque tú has sido capaz de todo eso, de transitar ese tiempo, que a veces ha sido jungla y a veces desierto.

Y una mañana cualquiera, trabajando, de repente te das cuenta de que tu hijo o tu hija han franqueado la adolescencia. Vuelven un poco a su ser, después de esa etapa transitoria, pero afortunadamente ya no son las mismas personas, han crecido y han navegado aguas desconocidas en las que nunca pensaron que se tendrían que zambullir.

Empiezas a ser consciente de que, en parte, ha culminado un trabajo, un proceso.

Y ya solo te acuerdas de lo bueno. Los malos ratos, las dificultades, los sinsabores se quedan atrás. Ahora ya somos iguales. Y somos diferentes personas.

En vez de chocar, podemos elegir comprendernos y acompañarnos. Disfrutar

Yo quiero elegir siempre eso. Y aquí estamos inmersos en una nueva etapa.

Mi empeño tenaz durante estos años es “que no se rompiera la comunicación”, que de una u otra manera, no dejásemos de comunicarnos, con palabras, con discusiones, con gestos, con caricias, con tiempo.