Y de repente un día, sorprendida, caes en la cuenta de que, sin saber muy bien cómo, se ha obrado un milagro.

Esos seres que salieron de ti, a los que has estado cuidando y, en muchos casos, pensando y haciendo por ellos, de repente son personas completas, autónomas ¡y percibes el milagro! Y te conmueves porque tú has sido capaz de todo eso, de transitar ese tiempo, que a veces ha sido jungla y a veces desierto.

Y una mañana cualquiera, trabajando, de repente te das cuenta de que tu hijo/a ha franqueado la adolescencia. Vuelve a sonreír más, tiene ganas de hablar, vuelve a darte más besos, a hacerte caricias, te consulta, te tiene en cuenta para tomar sus decisiones y le sorprendes dedicándote una mirada de admiración como hacía tiempo no veías.

Entonces empiezas a ser consciente de que, en parte, ha culminado un trabajo, un proceso.

Y ya solo te acuerdas de lo bueno. Los malos ratos, las dificultades, los sinsabores se quedan atrás. Ahora ya somos iguales.

En vez de chocar, podemos elegir comprendernos y acompañarnos.

Yo quiero elegir siempre eso. Y aquí estamos inmersos en una nueva etapa.

Mi empeño durante estos años es “que no se rompiera la comunicación, de una u otra manera, no dejemos de comunicarnos, con palabras, con gestos, con caricias, con tiempo”.