Maravillosa obra de teatro, escrita por Juan Diego Botto con pura sensibilidad y sabiduría, y con tanta poesía como sacó de su pluma (o lápiz) el protagonista total: Federico García Lorca.
La crudeza realista de los acontecimientos que narra: el fusilamiento del poeta de Granada por parte de fuerzas franquistas durante la madrugada del 18 de agosto de 1936, junto a un olivo en la zona de Víznar, no impidió que la representación me dejara belleza y alegría en el alma.
Su asesinato fue un suceso execrable que inició con su denuncia el ex diputado de derechas Ramón Ruiz Alonso, que pasará a la Historia de la inmundicia por tan “valeroso” acto.
A este obrero tipógrafo de ideología ultraderechista, desclasado y con ínfulas, le parecieron suficientes razones para denunciar a García Lorca sus ideas políticas, su homosexualidad, su figura destacada como intelectual y su fama internacional.
Así se las gasta esta gente.
No pudo y no pueden soportar que las personas nos reconozcamos en la belleza en la vida, más allá de ser productivos y mano de obra, y en la importancia de la cultura y el arte y todo lo que representan.
Mi corazón experimentó pura poesía la otra noche, noche con luna, finales de mayo, en el Teatro Español de Madrid a pesar también de que el cuerpo de Lorca y el de otros miles de asesinados fuese arrojado a una fosa común y sus restos aún no hayan podido ser identificados y, por tanto, recuperados.
Y fue tan deliciosa la obra porque me hizo reconocer y resaborear la belleza de un amanecer compartido; el valor del amor y de la amistad, todas cosas que, si claramente no nos dan de comer, son el alimento de la vida.
Claro, pero no para todos.
La habilidad y maestría de Botto, dirigido magníficamente, como no, por Peris-Mencheta; la elección de los textos, los fragmentos vitales seleccionados para destacar, no dejan indiferente a nadie. Tampoco a mí.
Me embelesó hasta el sonrojo y me conmovió hasta las lágrimas.
No me extraña que una entrada para Una noche sin luna, que así se llama esta obra maestra, sea como la flor azul para Novalis, símbolo inalcanzable, y el Monte Olimpo para los mortales.
Y en lo práctico, el autor y el director tienen otro punto más de mi admiración por presentarme a un Lorca cercano y humano, con sus defectos y sus grandezas. No es un homenaje al uso, como los que él mismo tanto criticaba, si no un reconocimiento justo y hasta con sentido del humor, que lo humaniza sin endiosarle, ni como persona ni como poeta.
Eso también se lo agradezco.
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